“—Cuando yo uso una palabra —dijo (Humpty Dumpty) en un tono bastante desdeñoso— significa lo que yo decido que signifique, ni más ni menos.

—La cuestión es —dijo Alicia— si usted puede hacer que las palabras signifiquen cosas tan diferentes…

—La cuestión es —dijo Humpty Dumpty— saber quién es el amo, eso es todo.”

Lewis Carrol, Alicia a través del espejo.

lunes, 16 de octubre de 2017

Video Documental. Equipos de trabajo

Equipo 1
Badeigts Sophia
Casado Pilar
Kaufmann Daniela
Prieto Aráoz Joaquín

Equipo 2
Benedit Teo
Bousiguez Tomás
Casquero Tamara
Forti Dono Chiara
Vicens Lisandro

Equipo 3
Basso Camila
Dañil Lucía
Herrera Miguens Camila
Patella Lucas
Puia Nicolás


Equipo 4
Abba Micaela
Achinelly Francesca
Arcamone Lucas
Badaracco Agustina
Busetto Lola




Equipo 5
D´Amore Nina
Elisiri Brisa
Patané Sofía
Rodríguez Salinas Macarena

Documental: ¿Qué es, en realidad, lo otro?

Objetivo general: Presentar un texto audiovisual en el que se analicen y se comparen los tres textos vistos en clase: “La casa de Asterión” (Jorge Luis Borges), “Casa tomada” (Julio Cortázar) y Los otros (Alejandro Amenábar)
Objetivos específicos:
  • Demostrar el conocimiento del análisis de las obras realizado en clase.
  • Analizar los personajes en cada uno de los textos estableciendo sus similitudes y diferencias.
  • Comentar el modo en que la focalización y el punto de vista narrativo configuran los significados de los textos (inversión, ambigüedad, etc)
  • Analizar el modo en que aparece lo otro en cada uno, haciendo hincapié tanto en lo temático como en lo procedimental.
  • Comentar el modo en el que la configuración del espacio incide en el desarrollo de la trama (casa- laberinto; casa- prisión; casa- tumba)
Reglas:
a. Trabajo colaborativo
Se trabajará colaborativamente en equipos de cuatro o cinco personas seleccionadas para tal fin.
La metodología de trabajo será a través de documentos compartidos que los participantes del grupo irán completando con ideas, citas de los textos, imágenes, fragmentos de video, etc. (Este método es imprescindible para evaluar el trabajo de manera individualizada. Quien no participe de este documento no será tenido en cuenta a la hora de la evaluación)
El guión deberá completarse en línea (a través de la tabla compartida por el grupo) y, una vez terminado, deberá guardarse como documento de Word y ser enviado por mail a la docente.
b. El género y la modalidad del video
El texto deberá tener:
1. Función referencial o informativa, lo que no significa dejar de lado la estética. Por el contrario, no será un buen documental si no se tiene en cuenta la función estética del texto.
2. Deberá combinar de manera obligatoria y equilibrada: voz en off, texto escrito (por ejemplo, citas textuales), imágenes, videos y audios musicales.
3. Deberá durar aproximadamente entre 5 y 8 minutos.
4. Deberá presentarse en formato digital.
c. Asistentes:
Podrán utilizarse como soportes:
Editores como Movie Maker o YouTube o cualquiera de su género.
Presentaciones en Power Point o Google Drive siempre que puedan verse de manera automática y subirse a YouTube.
Presentaciones en Prezi.
(Cualquier otra sugerencia consultar)
Podrán utilizarse como herramientas:
Imágenes de Internet, fragmentos de videos, fragmentos de audio: En todos los casos debe indicarse la fuente.
Cámaras fotográficas, filmadoras, grabadoras, celulares, Tablet y demás dispositivos que puedan servir de ayuda para el trabajo.
El proceso de producción
Para que el producto final sea lo que nosotros queremos que sea, es imprescindible la planificación del trabajo. Por eso vamos a realizar el proyecto en tres etapas: la de planificación, la de puesta en texto y la de revisión y edición final.
Etapa de planificación: Escribir el guion.
1. Anotar la “story line”, es decir la idea u objetivo que perseguirá el video.
2. Organización de la estructura básica:
Introducción: ¿Cómo introducimos el tema y los textos a trabajar?, ¿a partir de qué frase, de qué imagen, de qué escena?
Desarrollo: Separar por aspectos a comparar: personajes, lo otro y la casa. También puede estructurarse por textos, pero esto volverá el video un tanto repetitivo porque el objetivo es la comparación temática y de procedimientos.
Conclusión: ¿Cómo cerraré el video? ¿Con qué estrategia discursiva? ¿Con qué estrategia estética? En la conclusión debería volverse al objetivo de análisis y a la pregunta: ¿Quién es, en realidad, el otro? Realizar una reflexión que universalice este problema literario, es decir, que extienda la problemática de los personajes a la vida real.
Cómo vamos a organizar los contenidos de análisis según nuestro objetivo. Es algo así como el esqueleto del texto. Mientras tanto iremos buscando el material que nos ayudará a llevar a la práctica lo que estamos planeando.
3. Escritura del guion: Es la presentación detallada de lo que se verá en el producto final. El sistema más común de presentar un guion es a través de una tabla de doble columna. En la de la izquierda debe aparecer lo visual (¿Qué se verá en pantalla? Imágenes, cita textual con imagen, fotografía apareciendo por la derecha al tiempo que surge desde abajo tal dibujo que la desplaza, etc.) mientras que en la de la derecha debe aparecer el sonido (música, sonido ambiente, diálogos, voz narrativa, etc.) Todo dividido en escenas.
Ejemplo:
Imagen de Medea abrazando a sus hijos se va agrandando desde el centro.
Debajo la leyenda: Medea (s V aC)



Voz en off: ¿Será el instinto maternal más fuerte que el orgullo de una mujer herida? ¿O será al revés? (Música de ….)
Imagen de dibujo de Lorca que representa a Adela que barre el de Medea. Ambas comparten pantalla
Debajo la leyenda: Adela (primera mitad del siglo XX)





Voz en off: ¿Podrá el deber social ser más fuerte que el deseo sexual? (Sigue la música de…)
Etc.
Esta primera etapa debe presentarse de la siguiente manera:
1. Carátula:
Proyecto de Literatura
¿Quién es, en realidad, el otro?
Literatura y cine
Guion: Título del video.
Integrantes del equipo:
Apellidos, Nombres (por orden alfabético)
Lugar y fecha.
2. Hoja dividida en dos columnas con indicaciones precisas de qué se verá en el video escena por escena (como en el ejemplo de la página anterior)
NOTA: Este documento se trabajará en Google Drive y, una vez terminado, se guardará como archivo de Word y se enviará por mail.
Fecha de entrega de esta primera etapa: Viernes 27 de octubre de 2017
Cada equipo recibirá una devolución del escrito con sugerencias para mejorar el producto. Una vez aprobada esta primera parte, pasarán a la segunda etapa:
Etapa de puesta en texto/video
1. Una vez planificado el proyecto y elegido el material fílmico, icónico, musical, etc que trabajarán en el video, deben elegir y familiarizarse con la herramienta tecnológica con la que voy a trabajar (Movie Maker, editor de YouTube, etc.)
2. Armar el video y publicarlo en YouTube.
3. Enviar el enlace para su evaluación.
¿Cómo debe presentarse el video?
Todo documental debe tener una
  • Presentación:
Proyecto de Literatura
¿Quién es, en realidad, el otro?
Título del video
Equipo de trabajo:
Apellidos, Nombres (por orden alfabético)
(Acá pueden ir los agradecimientos, dedicatorias, algún epígrafe, etc)
  • Desarrollo del video
  • Créditos
Edición
Musicalización
Voz en off
Otras voces
Bibliografía y fuentes de los recursos utilizados
Fecha de entrega de esta segunda etapa: Martes 7 de noviembre
Cada equipo recibirá una devolución del video con sugerencias para mejorar el producto. Una vez aprobada la segunda etapa, pasarán a la etapa final:
Etapa de revisión y edición final
Es la etapa de corrección y de reedición en la que se tendrán en cuenta las sugerencias de la evaluación.
Fecha de entrega del trabajo final: Martes 21 de noviembre
PRIMERA ETAPA
Para completar en red:
Primera escena
Segunda escena
Etc.
De este lado debe aparecer lo visual
De este lado debe aparecer lo auditivo

Una vez completada esta tabla, guardar como documento de Word y enviar por mail con la carátula correspondiente.

miércoles, 11 de octubre de 2017

El doppelgänger y el número tres

Para el martes que viene deben leer y traer impreso este cuento de Borges. Lo analizaremos entre todos en clase. Además, tienen que ver la película Pacto de amor (1988) de David Cronenberg que encontrarán acá.
Hasta el martes.

La intrusa 
Jorge Luis Borges
                                                                                      
"2 Reyes, I, 26"

Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.
En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe y ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.
Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.
Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.
Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.
Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:
-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala.
El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.
Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.
Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.
La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.
Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.
En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mañana (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:
-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.
Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.
Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que habían traído la discordia.
El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:
-Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué; aprovechemos la fresca.
El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.
Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:
-A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas, ya no hará más perjuicios.
Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.

BORGES, Jorge Luis (1991) El informe de Brodie. Buenos Aires. Emecé.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Para corregir el ensayo comparativo

Algunos alumnos han trabajado el ensayo comparativo entre "La noche boca arriba" y "El sur" de manera excelente, pero otros lo han hecho de manera incompleta o muy desorganizada. Por eso, para que puedan corregir sus ensayos antes de subirlos a sus blogs, les dejo acá un plan de escritura (eso que les pido que hagan siempre, antes de empezar a escribir un texto académico complejo).
Recuerden que deben usar las características del texto académico: tercera persona, tiempo presente universal, conectores lógicos, una sintaxis clara y precisa (nada de frases larguísimas que oscurecen el análisis). Además, pensar muy bien la separación en párrafos y tener en cuenta el uso de una buena puntuación y ortografía.
Finalmente, es indispensable que prueben todo lo que analizan con citas textuales o con situaciones del texto. 

INTRODUCCIÓN

1. Contextualizar los textos: Argentina S XX, literatura fantástica
2. Introducir los cuentos y sus autores.
3. Objetivo de análisis

DESARROLLO

1. El desdoblamiento y los dos mundos:
Cortázar: dos mundos: dos muertes paralelas
Joven moto
Moteca
Día
Noche
Ciudad
Selva
Presente
Pasado
Hospital
Templo
Lo conocido (se invierte al final)
Lo desconocido (se invierte al final)
              
Borges: dos linajes: dos muertes paralelas (clave autobiográfica por oposiciones simétricas)
Argentino
Alemán
Flores
Dahlmann
Sur- Llanura- Campo
Sanatorio- Ciudad
Martín Fierro
Las mil y una noches (traducción alemana)
Actividad (muerte valiente) Mito del coraje
Pasividad (muerte cobarde, pasiva)
Pasado (fines del s XIX)
Presente (1939)
Sueño- Literatura
Realidad- Vida
Deseo: muerte deseada
Deber: muerte obligada


2. El pasaje
                Cortázar:
a) Sueño- Desmayo
b) Uso de las imágenes sensoriales (colaboran en la inversión entre el sueño y la realidad a medida que avanza el relato)
c) Focalización: tercera persona equisciente que asume el punto de vista del protagonista, es decir, que narra desde la confusión del accidentado de no saber muy bien lo que le está pasando: colabora con la ambigüedad y con la sensación de que lo que le pasa al moteca es un sueño (fiebre, alucinación, delirio). Además, a veces la voz del narrador se mezcla con la del protagonista y el lector no sabe quién habla. Esto también genera ambigüedad.
d) Inversión en el punto de vista al final: metáforas y comparaciones para describir lo desconocido: ambigüedad: ¿Quién sueña y quién es el soñado?
Borges:
a) Sueño, alucinación, delirio: colabora con la ambigüedad de si su recuperación es o no un sueño producto de la fiebre.
b) Pautas de lectura: indican cómo debe leerse este texto.
  • Intertextos:
Martín Fierro: El sur representa lo sabido a través de la literatura. Viaje al pasado, a la muerte literaria y deseada (Mito del coraje)
Las mil y una noches: posibilidad de cambiar un destino a través de la ficción (historia de Scherezada)
  • Frase que divide el texto en dos: a partir de ahora todo deberá leerse como parte de una alucinación: “A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos.”
  • Analogías.
  • Simetrías a través de la clave autobiográfica que se relacionan con las muertes simétricas.
  • Ambiente pesadillesco.
  • Uso de tiempos verbales al final: Pretérito pluscuamperfecto del Subjuntivo: imposibilidad vs Presente del Indicativo: certeza. Esta contradicción genera ambigüedad: ¿Murió frente al compadrito o es la muerte imposible, la que hubiera elegido o soñado?
  • Uso del adverbio “acaso” que, junto con la clave autobiográfica (la septicemia de la que se salvó Borges en la vida real en el año 1938), instala otra vuelta de tuerca: ¿Y si, como Borges en su vida real, se salva de la septicemia? ¿Si acaso sabe manejar el cuchillo?

CONCLUSIÓN

1. Usar conector de conclusión: En conclusión, por lo tanto.
2. Establecer las similitudes entre ambos textos.
3. Establecer las diferencias.
4. Puede haber una reflexión final que universalice el problema (Nunca una opinión personal o valoración de los textos)

lunes, 18 de septiembre de 2017

El doble en el espacio: la aparición de lo otro.

Para el martes 26 de septiempbre deben leer "Casa tomada" de Julio Cortázar y "La casa de Asterión" de Jorge Luis Borges.
Para el martes 3 de octubre deben ver la película Los otros de Alejandro Amenábar que se les compartirá a través de Google Drive. Vayan viendo el tipo de focalización que aparece en cada uno de estos relatos, qué características tienen sus personajes, a través de qué procedimientos aparece "lo otro" y todo aquello que les resulte de interés para compartir el martes en clase. Traigan los textos impresos para marcar en clase.
Estos son los cuentos:

Casa tomada* (Julio Cortázar)

 Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los secretos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé porqué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pull-over está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a  Irene qué pensaba a hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esta parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica , y la puerta central daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente del pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por le pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso se lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y en los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui hasta el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
— ¿Estás seguro?
Asentí.
—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
—No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resulta molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
—Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadrito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba enseguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiado ruido de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos ahí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida).
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí el ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y en el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte, pero siempre sordos a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta el cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
—¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.
—No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.


       *Cortázar, Julio, en Bestiario, Buenos Aires, Sudamericana, 1982


Supongo que todos conocen el mito de Teseo y el minotauro... Para refrescarlo un poquito pueden mirar este relato en imágenes de Cuentacuentos y, de paso, volver un ratito a la infancia...


LA CASA DE ASTERIÓN*
Jorge Luis Borges

Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
Apolodoro, Biblioteca, III, I

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito[1])   están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto.
¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.


*BORGES, Jorge Luis, “La casa de Asterión”, El Aleph, Buenos Aires, Emecé, 1991.


[1] El original dice catorce, pero sobran motivos para inferir que en boca de Asterión, ese adjetivo numeral vale por infinitos.